|
|
Cualquier
olor a gas, gasolina y hasta a frijoles quemados, despertaba de
inmediato El Síndrome de Guadalajara”
|
|
- Desalojo -
Diálogo telefónico originado en la Colonia San Andrés, la madrugada del
martes:
—¡Ring...! ¡Ring...!
—¿Bueno? —con voz de almohada.
—Compadre, ¿a poco ya están dormidos?
—Claro, compadre; pues, ¿qué horas son?
—Las dos.
—¿De la mañana?
—Claro...
—¿Y no querías que estuviéramos dormidos?
—No es que no quisiera que no estuvieran dormidos. Es que te despierto
para avisarte que vamos a tener reventón.
—¿Y para eso...? Me hubieras hablado más tarde.
—No, compadre: es que el reventón lo vamos a tener ahorita.
—¿Ahorita?... Qué
ocurrencias... Bueno: allá te caigo al rato. Buenas noches.
—No, compadre. Allá les caemos nosotros ahorita,
con todo y discos de “Los Tigres del Norte”, porque hay gasolina en el
drenaje y aquí está la policía avisando que es urgente que desalojemos la
colonia. Buenos días,
y vayan sacando la de Caballito Cerrero y
sacudiendo las colchonetas...
Con mínimas variantes, fue el mismo diálogo que se produjo, casi
simultáneamente, en más de mil hogares de Guadalajara... A las cuatro de
la mañana, después de acomodar a los grandes en los sillones y a los niños
ajenos donde se pudo, revueltos con los propios, y de tomar la última
taza de café con piquete —o sin café—, por todas partes se repitió la
misma moraleja:
—Ahora sí: si va a tronar como el 22 de abril, por lo menos nosotros ya
la libramos...
-II-
La Profecía del 22 de abril, así, se sigue cumpliendo puntualmente.
“Guadalajara ya nunca será la misma”, dijeron Rosana Reguillo,
Fernando González (a) “El Pichojos” y demás
Profetas del Novísimo Testamento —con diplomados en el Iteso— avecindados a la sazón por estos lares.
“Las explosiones —hubiera dicho Martha Cerda si no hubiese dado el salto
mortal del kindergarten a la Dirección de la Escuela de Escritores—
fueron el beso del Príncipe, que sacó a Guadalajara de su letargo de más
de un siglo”.
-III-
Lo que tradicional y familiarmente se llamaba “El Cus-Cús”, adquirió un nuevo nombre, menos prosaico, más
científico: “El Síndrome de Guadalajara”. Designábase
así, desde hace siete años, a la sicosis
colectiva, espontáneamente generada y rápidamente difundida en una
comunidad barrial —desde una cuadra hasta toda una colonia—, a raíz de
cualquier olor a gas, gasolina y hasta a frijoles quemados que surgiera
de las alcantarillas.
En Sudamérica y Europa, la prensa recreaba ese modismo al reseñar las
escenas de pánico, al hacer el pormenor de la huida desaforada de los
vecinos y al dar cuenta de los “operativos” que también allá se
“implementaban” —vocablos orgullosamente tapatíos, los dos
entrecomillados, válidos lo mismo para un barrido que para un fregado— al
efecto de desalojar comunidades enteras de sus colonias y facilitarles el
traslado hasta el otro lado de la mancha urbana, a cargo de las versiones
locales de nuestros paradigmáticos Tres Mosqueteros: el Mayor Trinidad,
el Inge Santoyo y el Dotor Paz, cuyo lema (variante del “Uno para Todos y
Todos para Uno” de los míticos personajes de Alejandro Dumas) proclama a
los cuatro vientos: “Juntos Semos Dinamita”.
-IV-
Al final del episodio, como otras veces ha ocurrido, salvo los casos aislados
de las abuelitas o los chamacos que cuando pasa el peligro no quieren
volver a casa (aquéllas porque “aquí duermo más calientita” y éstos
porque “allá no tenemos televisión por cable”), no sucedió nada... Prueba
fehaciente de la miopía cerebral de quienes, hace siete años y pico,
temieron que hubiera un chubasco de “menciones honoríficas” para sus
respetables progenitoras, en vez de intuir que los “desalojos” masivos,
al paso de poco tiempo, adquirirían carta de ciudadanía como una de las
más divertidas tradiciones del moderno folklore tapatío. ¡Y olé...!
|