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Ver explosiones 22 de abril


EL INFORMADOR, GUADALAJARA JALISCO MEXICO, Miércoles 16 de Junio de 1999



-- SECCION PRIMERA --


Entre bromas y veras

 

Cualquier olor a gas, gasolina y hasta a frijoles quemados, despertaba de inmediato El Síndrome de Guadalajara”

 

- Desalojo -


Diálogo telefónico originado en la Colonia San Andrés, la madrugada del martes:
—¡Ring...! ¡Ring...!
—¿Bueno? —con voz de almohada.
—Compadre, ¿a poco ya están dormidos?
—Claro, compadre; pues, ¿qué horas son?
—Las dos.
—¿De la mañana?
—Claro...
—¿Y no querías que estuviéramos dormidos?
—No es que no quisiera que no estuvieran dormidos. Es que te despierto para avisarte que vamos a tener reventón.
—¿Y para eso...? Me hubieras hablado más tarde.
—No, compadre: es que el reventón lo vamos a tener ahorita.
—¿Ahorita?... Qué ocurrencias... Bueno: allá te caigo al rato. Buenas noches.
—No, compadre. Allá les caemos nosotros ahorita, con todo y discos de “Los Tigres del Norte”, porque hay gasolina en el drenaje y aquí está la policía avisando que es urgente que desalojemos la colonia. Buenos días, y vayan sacando la de Caballito Cerrero y sacudiendo las colchonetas...
Con mínimas variantes, fue el mismo diálogo que se produjo, casi simultáneamente, en más de mil hogares de Guadalajara... A las cuatro de la mañana, después de acomodar a los grandes en los sillones y a los niños ajenos donde se pudo, revueltos con los propios, y de tomar la última taza de café con piquete —o sin café—, por todas partes se repitió la misma moraleja:
—Ahora sí: si va a tronar como el 22 de abril, por lo menos nosotros ya la libramos...

-II-


La Profecía del 22 de abril, así, se sigue cumpliendo puntualmente. “Guadalajara ya nunca será la misma”, dijeron Rosana Reguillo, Fernando González (a) “El Pichojos” y demás Profetas del Novísimo Testamento —con diplomados en el Iteso— avecindados a la sazón por estos lares.
“Las explosiones —hubiera dicho Martha Cerda si no hubiese dado el salto mortal del kindergarten a la Dirección de la Escuela de Escritores— fueron el beso del Príncipe, que sacó a Guadalajara de su letargo de más de un siglo”.

-III-


Lo que tradicional y familiarmente se llamaba “El Cus-Cús”, adquirió un nuevo nombre, menos prosaico, más científico: “El Síndrome de Guadalajara”. Designábase así, desde hace siete años, a la sicosis colectiva, espontáneamente generada y rápidamente difundida en una comunidad barrial —desde una cuadra hasta toda una colonia—, a raíz de cualquier olor a gas, gasolina y hasta a frijoles quemados que surgiera de las alcantarillas.
En Sudamérica y Europa, la prensa recreaba ese modismo al reseñar las escenas de pánico, al hacer el pormenor de la huida desaforada de los vecinos y al dar cuenta de los “operativos” que también allá se “implementaban” —vocablos orgullosamente tapatíos, los dos entrecomillados, válidos lo mismo para un barrido que para un fregado— al efecto de desalojar comunidades enteras de sus colonias y facilitarles el traslado hasta el otro lado de la mancha urbana, a cargo de las versiones locales de nuestros paradigmáticos Tres Mosqueteros: el Mayor Trinidad, el Inge Santoyo y el Dotor Paz, cuyo lema (variante del “Uno para Todos y Todos para Uno” de los míticos personajes de Alejandro Dumas) proclama a los cuatro vientos: “Juntos Semos Dinamita”.

-IV-


Al final del episodio, como otras veces ha ocurrido, salvo los casos aislados de las abuelitas o los chamacos que cuando pasa el peligro no quieren volver a casa (aquéllas porque “aquí duermo más calientita” y éstos porque “allá no tenemos televisión por cable”), no sucedió nada... Prueba fehaciente de la miopía cerebral de quienes, hace siete años y pico, temieron que hubiera un chubasco de “menciones honoríficas” para sus respetables progenitoras, en vez de intuir que los “desalojos” masivos, al paso de poco tiempo, adquirirían carta de ciudadanía como una de las más divertidas tradiciones del moderno folklore tapatío. ¡Y olé...!